¿Cuántas veces hemos leído o escuchado en diferentes medios de comunicación, noticias similares a: “arqueólogos localizan un dinosaurio de hace 140 millones de años”? La respuesta es que muchas, ya que es habitual confundir la paleontología con la arqueología.
Estamos de acuerdo en que paleontólogos y arqueólogos pueden tener ciertas similitudes con relación a su forma de trabajo, ya que ambos excavan en busca de “elementos” y reconstruyen historias del pasado. Sin embargo, ni lo que estudian, ni el hilo conductor a través del cual reconstruyen esa “historia” es el mismo.
Los paleontólogos estudian fósiles y gracias a este trabajo se puede reconstruir la historia de la vida en la Tierra. Por su parte, los arqueólogos estudian los restos de manifestaciones culturales realizadas por el ser humano así como de cualquier evidencia de la acción humana. ¿Es tan difícil distinguir entonces la paleontología de la arqueología? Pues por sorprendente que resulte, parece ser que sí, ya que son numerosas las confusiones que se dan día a día.
Si recurrimos a un diccionario, leeremos que la paleontología es “la ciencia que trata de los seres orgánicos desaparecidos a través de sus restos fósiles” y que la arqueología es la “ciencia que reconstruye el pasado del ser humano a través del estudio o interpretación de sus restos de cultura material”. Así que, queda claro porque un arqueólogo no estudia ni trilobites, ni ammonites, ni dinosaurios:
- Porque no tienen nada que ver con la cultura del ser humano.
- Porque son evidencias de animales extinguidos.
Por otro lado, en determinadas ocasiones la paleontología y arqueología confluyen en el estudio de determinados sitios. Este es el caso de los yacimientos con homínidos –sirva como ejemplo el caso de Atapuerca– donde el trabajo de ambas disciplinas se complementa (junto al de otras) para obtener un resultado impecable. La importancia de paleontólogos y arqueólogos se mezcla entonces por igual, no importando la relevancia de cada nuevo hallazgo, porque en definitiva todos valen.

